Ayahuasca sin peyote

Epifanía

La epifanía habría de llegar. La revelación que rompería aquella sentencia de la espina que quise arrancar, y con la que accidentalmente por poco y me arranco también el corazón. La sentencia de pasar cada noche queriendo cerrar los ojos, y no abrirlos jamás.

Resultado de despertar al demonio del odio, y con él, esperar en silencio. Sumiso en la negrura, más negra que la oscuridad. Y entonces, mientras tanto, ser el profeta que ríe con una máscara, mientras esconde y cuenta sus lágrimas detrás.

No hace falta el peyote para ver la revelación. No es menester que el cuerpo se desinhiba para presenciar aquella aterradora, pero piadosa intervención de esa figura imponente que, sin reparos, revuelve como si de sí misma se tratase, todo dolor y toda angustia. Toda alegría y toda fortuna.

¡Deja ver, pues, temible figura, todo aquello que me aflige!

Con las enormes garras de tu bautismo oscuro de lágrimas y fuego, ¡arráncame de mí!

Muéstrame, sin miedo, cómo mi exiguo cuerpo se derrite en el ácido charco de miseria que invadió, desde un momento indeterminado, toda disposición de mi ser deleznable y mezquino, y luego, ¡arráncame el corazón!

Entonces, alza en tus manos aquel músculo aún palpitante, y deja que suelte sus lágrimas de sangre tiernamente, en tu seno, ¡y lánzalo! Lánzalo muy lejos. Déjalo caer al vacío como un pájaro empujando a su cría, dejándolo a su suerte en la nada para que muera, o aprenda a volar.

Yo sólo caminaba. Aquella figura se me quedó viendo, mientras me ofrecía beber de su cántaro, a lo que respondí que sí.

Espejos rotos

En el vacío universal se desenvuelve la realidad. La mía está distorsionada.

Ya estaba distorsionada antes de la explosión de la epifanía; esta se encargó de disipar todo el humo que cubría aquellos fragmentos que ocupan todas las direcciones posibles en mi bóveda de tres dimensiones, de la cual soy cautivo.

Llevo años tratando de recoger las piezas de aquellos fragmentos, similares a los pedazos de un espejo roto, y con los cuales lo único que he logrado es cortarme una y otra vez. No solo la sangre, sino la misma recomposición desordenada de aquellos filosos pedazos amorfos, no dejan que exista una figura clara en lo que reflejan.

Ya sin la humareda cegadora todo es diferente, y sigue siendo pavoroso. Ahora son claras las visiones que reflejan los fragmentos; la Hydra a la que corto una de sus cabezas con el filo del espejo, con lo que únicamente logro alimentarla, pues le nacen dos más. La Gorgona que bloquea mis movimientos con sólo mirarla, y a la que impávido enseño su propio reflejo. Sin embargo, ésta se encuentra detrás del espejo, y no hay nada que pueda hacer para subvertir aquel efecto congelador.

Es aterrador verlos, pero lo es aún más el saber que siempre han estado ahí.

Entonces, de repente, cuando consigo el valor para poder abrir mis ojos de nuevo, ahí está; mi reflejo. ¿Está distorsionado? ¿qué es? No podría saberlo. No podría siquiera afirmar que conozco una imagen certera de mí, para poder evaluar un reflejo que puede ser únicamente una proyección etérea. Intangible.

Entro en desesperación, y a mi lado, en el reflejo desfigurado entre la nada y el todo, aparece de nuevo aquella figura, como un piadoso leviatán. Sosegada e irritada a la vez. La composición dislocada de ambos reflejos me genera confusión, y miedo.

La epifanía aún no termina.

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