Relatos de un inadaptado

“… si un Dios de amor y vida alguna vez existió, hace mucho que está muerto. Alguien… algo; gobierna en su lugar.”

Inadaptado

¿Soy un inadaptado?

¿Podría llamarlo desadaptado? Sí. Tal término no existe. Sin embargo, puede ser aplicado justo ahora, justo aquí, ya que alguna vez, sin querer, o queriendo, creí estar adaptado.

Adaptado a las demandas caprichosas de la familia, de las amistades y del resto de la sucia y abyecta sociedad.

Adaptado para crecer tomando las sendas de los mil y un errores cometidos por mis progenitores; repetirlos con gentileza y humildad. Pero, sobre todo, con resignación.

Adaptado para acomodarme en una vida de proyecciones ilusorias, y así convencerme y convenceros de ir por el camino correcto.

Adaptado para unirme, con humos altruistas, a la religión de los sofistas modernos en su ideología falaz, cuya máscara cae cuando sus más acérrimos defensores representan todo lo que dicen querer suprimir.

Adaptado para aceptar la monogamia como el camino a la plenitud mutua. La hipocresía y el falso pensamiento del bien serían las bases sobre las que se escribiría aquella pomposa historia de romance y pasión. La cíclica tragedia del amor.

Adaptado para llevar en mí el estigma de un malviviente rehabilitado, y alardear de ello hacia quienes pueden ser víctimas de sus propias vidas, enseñándoles que han de sufrir de frente el desdichado camino de la existencia.

Pero aquella pequeña nube negra nunca se fue. Esa mancha inasible, ruidosa e invasiva como la sombra. Aquella bolita de sinsabor que, cuando permite ver más allá, para escapar de la indolencia; sólo causa desasosiego, ansiedad, temor y sufrimiento.

Es allí, donde se está adaptado, cuando todo ennegrece una vez más.