Manos sucias, pies descalzos

Lo normal es caminar por la calle, y ser simples espectadores de la desgracia.

Hijos, ¡hijos de la luna! Viendo el mundo pasar…

Sentados en el balcón de un bar, o en la banqueta de un bulevar concurrido, es posible apreciar a quienes caminan con su orgullo a hombros, recorriendo las calles sin nada por qué vivir, y nada por qué morir.

Despojos con piernas; los hijos bastardos de la sociedad. El rostro de nuestra vergüenza.

5 de pentáculos.

En una fría noche de febrero, con la humedad propia del trópico, me encontraba en el centro en compañía de Kraken, un pitbull cuya apariencia aterradora engaña; es más tierno que un cachorro en su lecho. Solo esperábamos a su dueña para dirigirnos a casa, mientras conversaba con él sobre cuánto extrañaba a Brownie, y cómo su pérdida descolocó mi vida.

Sin previo aviso, nos vimos rodeados por cuatro niños. Ellos conocían a Kraken, y se acercaron a decir “hola”. Tenían sus caras sucias, igual que sus manos, y dos de ellos caminaban sin calzado. Por el olor que despedían, pude deducir inmediatamente que sus vidas se basan en recoger vidrio, madrea y residuos sólidos en general, para así tener el peso suficiente de material que les dará unos pocos centavos para comer.

Uno de ellos, de quien asumo era el mayor de los cuatro, teniendo cuando mucho unos 11 años, puso su mirada en un viejo collar que siempre llevaba en mi cuello. Un pequeño cráneo de resina que usaba como prenda y amuleto desde hace años.

El pequeño arrabalero, cuyo lenguaje dejaba ver que su origen es lejano, no se limitó en decir de manera efusiva: ¿Usted no me regalaría esa calaverita?

Lo miré, y puso su mirada fija en mis ojos. Durante unos segundos sólo lo observé fijamente, y sentí una extraña conexión en la que vislumbré, desde lejos, la desesperanza y la confusión, la incertidumbre y el desasosiego con el que probablemente ese niño se levanta y se acuesta todos los días.

Ese viejo collar presenció conmigo atrocidades y maravillas. Viajes y encierros. Nuevas vidas, y anunciadas muertes.

Después de esos pocos instantes, tomé una decisión.

– … sí, se lo regalo.

Al escuchar esto, el niño me miró incrédulo y me dijo: “No le creo…”

Le entregué la cadena de Kraken, pero seguía mirándome dudoso. Procedí a quitar el collar de mi cuello y entregárselo en sus sucias manos.

– Guárdelo como un amuleto, mijo.

En ese preciso momento apareció la dueña de Kraken, quien sólo se quedó observando aquella extraña escena.

El pequeño despojo sonrió, y exclamó: ¡Gracias, que Dios lo bendiga! Y entonces se esfumaron los cuatro infantes.

La dueña de Kraken, Jennifer, simplemente se me quedó mirando. Caminamos unos metros y entonces empezamos a hablar.

– Parce, ¡eso fue muy raro! -le dije, confundido.

– Raro no, marica, eso fue mera conexión. Yo vi todo.

– … espero que ese amuleto proteja a ese niño, de todo lo que no me pudo proteger a mí.

Nunca entenderé qué fue lo que pasó en ese momento. Sólo puedo decir que sentí que ese infante de manos sucias, pies descalzos y olor a basura, necesita ese amuleto más que yo. En este gigantesco muladar donde la muerte nos coopta a diario, y la miseria nos mira desde el rincón.

Quizás no lo vuelva a ver jamás, y sería lo mejor.

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