Herencia de El Dorado

Arraigos inyectados por la fuerza.

Ese sería el resumen de lo que implica ser un patriota, en cualquier nación.

Gran parte de los pueblos americanos carecen de una identidad real, pero Colombia es un caso especial. Ha fallado el intento de más de doscientos años tratando de crear, de forma impuesta, una identidad unitaria que no tiene cómo ni cuándo existir.

Los síntomas siempre han sido graves. Más graves, incluso, que cuando a los pueblos de Oriente Medio les fue vendido el vil engaño de la Gran Arabia, que los condenó a décadas de una guerra incansable.

¿Qué pretendías tú, Bolívar? ¿ser el Napoleón de Suramérica?

Mira el brillante resultado de tu revolución elitista: Doscientos años de división. Dos siglos de muerte y fracaso. Post-colonialismo semicolonial.

Camilo Torres Tenorio lo advertía desde 1838, cuando ya todo había salido mal. El paradigma del progreso se había ido al garete. Todo el siglo XIX sembró más sangre que la misma colonización. En el XX la violencia política, en conjunto con la dictadura del llamado Frente Nacional, nos permitió ser indiferentes ante las Guerras Mundiales; ya teníamos nuestro propio teatro de la guerra, con generaciones enteras muriendo al matarse con sus connacionales. A fin de siglo, todo de mal en peor. Los años 80 y 90 no hicieron más que agudizarlo todo.

“La paz en Colombia” (Abril, 1890)

De economía en todo este período, ni hablar. No hubo bonanza que durara al menos una década entera, y asegurara un futuro mejor para esta patria con olor a morgue. Los grandes gremios, los herederos de las élites criollas, y hasta los pueblos originarios han hecho su parte en la ralentización de un despegue real. Aun así, son igual de cara duras para pregonar el cuentazo de la democracia.

Larga es la lista de las torpes consecuencias de centralizar el poder en una tierra inhóspita. De querer crear una noción de nacionalidad en un pedazo de continente donde existe más de una nación, apretada en una sola como una lata de sardinas.

Éxodo por los bandos que dicen tener la paz / Bajo fusiles en su conciencia, la muerte lenta va / Colombia se desangra
en el anhelo y la esperanza por la paz.

Luego llegaron esas almas estúpidas que ponen en un altar a Pablo Escobar. El nuevo milenio se llenó de lo mismo; quienes adoran a su reemplazo. Los verdaderos idiotas que idolatran al señor de los falsos positivos. Y luego están los enajenados, que creen que los narcisistas, autodenominados ‘Humanos’, y los fanáticos del igualitarismo, traerían la salvación.

Comunistoides, que mandan a todo el mundo a leer, como si aquí supiéramos leer.

Libertontos, que mandan a todo el mundo a trabajar, como si hubiera trabajo.

Años y años de experimentos, registrados cuidadosamente en los penosos logros de nuestra fragmentada sociedad.

Los tiempos que corren, en el apogeo de las comunicaciones, sólo nos escalaron a un nuevo nivel de mezquindad. Si no nos censura el gobierno, comúnmente compuesto por mafias y monopolios, nos censura la progresía con sus ínfulas de superioridad. Los guardianes de la justicia social mueven, «sin querer queriendo», los engranes de la mascarada de la muerte roja.

Desde el año 1510 hasta hoy, nada ha cambiado. Morimos en las montañas, en los ríos, en los mares, en las selvas, en las calles.

Como miserables esbirros de un conflicto de intereses que, al parecer, no tiene fin.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s