Psiconauta necroturista

El bello oficio de crear y reconocer historias, es también una maldición.

Son incontables las veces que me he visto escarbando en las cajas apiladas de mi memoria, y en otras memorias también. Siempre en son de descubrir, como por variar, qué oscuros secretos y qué fantásticos relatos se esconden tras todos los pares de ojos que saben robar por momentos mi total atención.

No siempre es grato, pero siempre será divertido. Intimar es hacer malabares con vidrios rotos. ¡Sobre todo, es divertido ver que la apariencia de profundidad es más superficial que la superficialidad misma! Es como meter el pie en un charco enturbiado por el barro; se percibe hondo, pero es todo lo contrario.

Ponte a llorar. Cuéntame tus penas y tus temores que yo, encantado, lloraré contigo. Adoro ponerme en tus zapatos, entrar en situación, para luego escapar y sentirme aliviado por no estar en tu lugar, y así poder regresar a lamentarme tranquilamente por permanecer en el mío.

Unas cuantas copas, unos cigarros mal armados o un par de pastillas, o… simplemente una justa dosis de melancolía. Todo comienza cuando el cruce de miradas es el correcto, y entonces todo se vuelve un despilfarro de anécdotas. Así, entre rencores y resentimientos, glorias y aciertos, podrán pasar horas y horas en las que, cordialmente invitado, me poso en la mente ajena para así descubrir. Jugar con los vidrios rotos, a riesgo de cortarme yo también.

Lo más curioso es que, casi siempre, todo aquello que se me relata sobre el presente, es ya para ese momento pasado. La memoria parece ser un inmenso cementerio, en el que yace una vasta colección de cadáveres; marcas y recuerdos que en conjunto construyen a esos seres fascinantes, por cuyas bocas salen por igual maravillas y barbaridades.

Durante el recorrido por las necrópolis de los recuerdos he podido escuchar todo tipo de historias. Con frecuencia se tratan de alguna presente desventura, que pareció ser en su momento la más maravillosa etapa de sus vidas. Desnudas quedan sus pobres almas, atadas a la voluntad de algún primate gramatical a quien ha de atribuirse toda su desgracia, tenga este responsabilidad, o no.

Una buena parte de estos coleccionistas de cadáveres termina admitiendo, sin decirlo de manera clara, que por lo general han de buscar un culpable a su desdicha y así, amenamente, deshacerse de la condena que se han puesto en su propia conciencia. La última vez casi tuve un accidente.

Como antes mencioné, el gran riesgo es cortar mi propia carne con los filos de las tumbas que visito, pero no fue esto lo que pasó. Siempre suena una campanada que advierte que es tiempo de salir de la necrópolis, pero no hice caso. Estuve a punto de revelar a mi visitada que, ciertamente, toda su condena recaía en que le faltaban ojos para ver, porque ella misma los había cerrado, y los había cosido con hilos de plata.

Esta imprudente revelación pudo significar una explosión, cuya honda fulminante habría destruido su corazón, y a su vez el mío. Por fortuna, pude volver a mi opaco rincón, y allí sollozar en paz por el resto de la noche. Cuando salí al día siguiente, me prometí nunca más entrar a esa necrópolis en específico.

No rompo promesas. Sin embargo, nunca he podido cumplir ninguna que me haya hecho a mí mismo. Quizás, sin querer, volveré a entrar. Después de todo, el ser psiconauta es un vicio, y el necroturismo es un placer.

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