Seis de siete

Hace algunos días, ya en aras de poner en juego el último fragmento de la delicia, me encontré a mi ego sentado en un rincón de la habitación. El cuarto olía muy mal. Como a podrido.

El personaje, harapiento y maloliente, estiró su brazo hacia mí, y en él sostenía una pequeña hoja de papel, igualmente sucia. Asqueado, tapando mi nariz con el cuello de la camisa que entonces llevaba, me acerqué lentamente y recibí aquel trozo mordisqueado, y lleno de letras.

Al tomarlo, el bastardo se limitó a decirme tres palabras: “Seis de siete”. Se levantó del rincón y se fue, sin despedirse siquiera, el muy hijo de puta.

El dichoso papel con fétido aroma tenía escrita una lista, y entre lo poco que pude leer sólo vi incoherencias, pero al final se repetía; seis de siete.

“¡Recuerda! Que el tiempo es un jugador ávido

Que gana sin trampear, ¡En todo golpe! Es la ley.

El día declina; la noche aumenta: ¡Recuerda!

El abismo tiene siempre sed; la clepsidra se vacía”

(Baudelaire, 1860)

El ego, harapiento en un rincón.

Con el pasar de las horas empecé a entender. La lista se refería a una sucesión de hechos que, indudablemente, han sido violentísimos puntos de inflexión en mi sendero. Pequeñas cosas que, a la larga, me han hecho sentir muerto en vida.

Entonces la escena de la tarde cobró mucho sentido; el ver a mi ego hecho una piltrafa significa una sola cosa, y es que es tiempo ya de gastar el último cartucho. Una última tirada de cartas. Un último salto de fe.  

Seis de siete vidas me he consumido.

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