Manifiesto de defunción

Es porque no puedo certificarlo.

Si tan sólo pudiera ser
quien tú quisieras
pero no…

Esto es sólo el resultado del lento proceso que ha concluido con matar la mitad de mí.

Un manifiesto parece ser mejor que un certificado; más efectivo. Sólo relata el ya irreversible fallecimiento de una parte de este mundillo nauseabundo.

En una burda pelea librada durante años, en un callejón con poca luz dentro de mi cabeza, jugando a quien más profundo corte los tejidos sin poder vernos claramente. Golpeando al aire mientras suenan aquellos estridentes desgarres, que dejan escuchar claramente cómo las hojas filosas entran y salen de la carne.

Los lamentos, en cambio, no se oyen. Al menos no otros más que los míos. En lugar de rebufos y lágrimas, cada lamento es un relato.

Lamento darme cuenta tarde que aquel monstruo contra el que creía batallar, no era más que un espejismo. Ese ennegrecido callejón hizo que confundiera mi reflejo con una versión abstracta de mi ser, edificada con toda la mierda que tengo en la cabeza. Así, todo daño que pudiere yo provocar en ese prisma maldito, no era más que el daño que podría causar contra mí mismo.

Práctica del ritual de la autodestrucción. 07/20

Ese infernal espejismo es quien se sienta en mi ventana a fumar un cigarro a las 3 de la mañana. Esa repugnante criatura se ha reído de mí mientras implantaba mil culpas, que no pueden ser expiadas ni con dos mil remordimientos.

Con insipidez me ha convencido de que cualquier mano que se muestre amable puede sanar todos los rasguños de la hoja, solo para ser escupido de vuelta al callejón, una, y otra vez.

En una noche lluviosa de junio, en un sueño, logré apuñalarlo directamente al pecho. Apenas pasaron unos segundos para enterarme de que, por alguna razón, quien trataba de sacar la daga del tórax era yo, y entonces no supe hacer otra cosa que reír.

Entremedio de las carcajadas recordé que nunca fui etéreo; que dañé y fui dañado. Recordé también que, a pesar de ser un espejismo, poseía también la cualidad de máscara; dispuesta para lidiar con los pequeños monstruos, bípedos semi-lampiños de varios colores, que se cruzan a diario en mi camino. Un mecanismo de defensa, de expulsión, pero también de comprensión.

Deceso #303

Este manifiesto será archivado junto a muchos otros, hasta el día en que sea puesto el sello sobre un papel que certifique mi deceso total.

Manifiestos para recordar que no hay mayor dolor que aquel cuarto de tortura, en la cíclica tragedia del romance. Manifiestos para recordar que no hay mejor gimnasio que una buena cama, y que ésta está dispuesta para recibir fluidos y lágrimas.

Manifiestos para recordar que, en cada piel, se deja un pedazo de sí, que eventualmente ha de morir.

Manifiestos para morir un poco más.

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