Ritual de la autodestrucción

… y aparecerá, como es costumbre, la catarata de pensamientos.

Revolverá mi cabeza con todo aquello que simplemente quiero olvidar, pero que sé que no puedo.

Abrazará de manera ignominiosa todo aquello que me rodea, y nublará el juicio que con las uñas he tratado de mantener desde la última vez. Sigo tratando de convencerme, como el pedazo de idiota que soy, de que puedo controlar toda la porquería que mi mente reproduce incansablemente hasta hacerme sucumbir.

No quedan muchas opciones. Todo lo que puedo hacer es dejarme llevar sin frenos por el impulso insultante de mi propia estupidez.

No pasa más de una hora de desasosiego, pero ya no puedo más. La sensación de insignificancia e inutilidad es constante, sin embargo, estos episodios me hacen sentir que me volveré loco. He de destruir la catarata. El único problema es que la catarata está dentro de mí. Destruir al huésped conduce también a destruir a su portador.

Es la hora del ritual.

yo – hombre piso esta tierra, una esfera
en esta, un cualquiera en cada pico
unificación significa derechos para iguales
la discrepancia entre palabra y hecho
ningún corazón ajeno he tocado
ninguna sonrisa ajena he esperado
y al final queda la pregunta
¿comienzo de nuevo?
soy el cometa ardiente
que choca contra la tierra
que busca a su víctima sangrando
soy el profeta que ríe
que trae una máscara
y que cuenta detrás de sus lágrimas

Después de un brevísimo balance financiero, todo lo que tengo que hacer es recoger los materiales pertinentes para la correcta realización de este ritual. Que sea seguro y efectivo para estancar la catarata, sin padecer demasiado las consecuencias de la ejecución.

La alquimia de este ritual es exacta; juega en mi favor, y en mi contra. 260ml de ron, y 750ml de cerveza; unos quince cigarrillos, y una lista de música con todo aquello que exacerbe mi sensación de no querer vivir más.

Entonces tomo aquellos preciados papeles que intercambio por bienes y servicios, y me dirijo a recoger los insumos necesarios para mi ritual. Para mi pequeña destrucción.

Darío, el tendero del barrio y mi amigo, me mira con preocupación:

– ¿Otra vez va a tomar, mijo?

– Sí, don Darío, a ver si logro dormir…

– Bueno, con cuidado pues.

– Sí señor. Tenga feliz noche.

Regreso a mi casa, me encierro en mi cuarto, y empieza el ritual.

¡Recibe mi sacrificio, mi sangre está agotada!
Nadie dio amor y comprensión
Escuchar estas palabras, difamadoras y pretendientes
Por favor, déjame morir en soledad
Sentado aquí solo en la oscuridad esperando ser libre
Solitario y desconsolado estoy llorando
Anhelo que llegue mi tiempo, la muerte significa vida
Por favor, déjame morir en soledad

Un primer vaso lleno de cerveza, y una pequeña copa de aluminio que escondo en mi mesa de noche. El primer cigarrillo, y todo un álbum de Saturnus de fondo…

La catarata no quiere parar. Lo único que puedo hacer es seguir depositando en mí una copa más, y otra, y otra.

La música suena cada vez más fuerte, pero no por el volumen, sino por mi cabeza que empieza a sentir el mareo inicial de la ebriedad, sin rozar aún la inconsciencia.

¿Qué es lo que me preocupa tanto? ¿será acaso el instinto destructivo que me fue dado por la gracia de Dios? ¿será acaso el temor de enamorarme de una mujer casada? ¿será acaso el coronavirus? No sé. A partir de aquí, deja de importar todo eso.

Me pesan los ojos y la lengua. Mis pies parecen haberse vuelto torpes en los últimos 50 minutos, y mis manos no coordinan correctamente sus movimientos. Decido aislarme de ese maldito bicho que siempre llevo en el bolsillo y me ordena revisarlo cada 20 minutos, a veces incluso menos.

Estoy ebrio, sí. Pero la catarata ya se durmió. Después de estar durante horas sentado en el suelo, botella y cigarro en mano en la abrazadora oscuridad de mi pequeño refugio, mi cuerpo no resiste más. Con esfuerzo me quito las botas, y me desplomo en la cama como un viejo edificio implosionado. El ritual ha sido exitoso.

… ¡qué terrible es despertar! Todo sigue igual.

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