La noche y los santos placeres, o cómo involucrarse en un homicidio.

La noche

Evidentemente la noche no representa el comienzo o el fin de un simple ciclo. De esos ciclos a los que estamos ya bien acostumbrados; de esos hechos que se pasan por alto como si no contase con relevancia alguna, en caso de que llegara si quiera a tenerla realmente.

Como nuestra propia vida, nuestra presunta existencia. De ésta que, a pesar de no tener si quiera un ápice de certeza, llegamos a sentir como propia, como real. Pero parece ser que la realidad tiene unos límites, límites arraigados directamente al observador. Observador que, por cierto, no todos llevamos dentro, y quienes lo llevan no lo sacan fuera todo el tiempo.

De cierto modo, todos estamos ciegos. Unos menos que otros. Muchos con quienes compartimos el enigma de nuestro paso por este desquiciado y malogrado mundo, se “gastan” el “tiempo que les pertenece” sin si quiera pararse a mirar, a tratar de comprender su propia situación, su propia “existencia”. Pero está bien, para eso tenemos a un Dios todo poderoso, quien con su infinita misericordia y su aguda vista, nos hunde en la miseria sin compasión o nos da éxito sin medida. Se hace menester mencionar que, al parecer, la creación de Dios es desigual y jerárquica.

Dicho de otro modo, una dinámica aberrante y bárbara, con cadenas enormes y un sinfín de falsedad notable a primera vista. Pero estamos ciegos…

En mayor o menor medida y, dependiendo directamente de las circunstancias, el anochecer trae consigo detrás más de lo que pueda parecer; más que la llegada de la penumbra real, y junto a ella, la luz artificial que inunda las transitadas y convulsas cloacas que, alegremente, llamamos hogar.

En ocasiones el cansado descansa. En otras, busca cansarse aquel que no deja de descansar. El que no puede descansar desea hacerlo, y el que no para de descansar, casi todo el tiempo sigue haciéndolo así no quiera. Hay un bucle muy especial para encadenar a cada uno de nosotros, sin tregua.

El punto de quiebre de lo anterior dicho, se sitúa en otro de esos hechos que podemos llamar la muerte y el renacer de un ciclo; quizá de viernes a lunes. (¡Y qué maravillas trae consigo tomar unos tragos el lunes! ¿Y un martes? ¿Miércoles? ¿Realmente ha de acabar o empezar el ciclo?)

Los santos placeres

Qué fácil es caer en la reiterativa y desgastante conversación sobre los placeres. Todo lo que nos gusta es malo, o inmoral. Caro y hace mal.

Del deseo viene el placer, y del placer el gran pecado. En los placeres hay de todo, para todos, y los placeres en sí mismos, pueden llegar a ser aberrantes y escandalosos para el ojo más inmoral. Hasta para el más frío corazón.

Suele decirse que “Dios creó a los bohemios, y a los locos. Luego, les regaló dos grandes refugios; la madrugada y las drogas”, pero, ¿bohemios? ¿Quiénes? Este concepto carga sobre sí un peso inimaginable. En general, puede describirse como una ataraxia selectiva, en la cual, un personaje que se dice bohemio justifica el hecho de dejarse llevar sin medida por un placer, santificado y lleno de un punto de vista explícitamente en la moral de un individuo. La moral, como tal, es tan distinta en todos nosotros como nuestra forma de tomar un trago, de prender un cigarro, de robar un beso.

Y es que cualquier cosa puede ser convertida en un placer, que se conecta directamente al punto de vista moral individual. Sin más, la sangre y la muerte son un placer para muchos, y a veces, estos se juntan con los otros, que son más comunes. Más ‘aceptables’.

Los placeres, llevan el apellido de ser morales, conscientes. Morales por donde se les pueda mirar; posterior a la ejecución u obtención de un placer, siempre se viene un juicio, estrictamente moral, hacia nuestro propio proceder. Sea lo que sea. Óigase una borrachera repentina, pero deseada. Véase una pelea provocada, pero deseada. Siéntase una noche llena de lujuria, indebida, pero deseada.

¿Qué mejor momento para buscar saciar los deseos que la noche? La noche lo es todo para el placer; el de leer, el de reflexionar, el de dormir, el de estar en el bar, el de copular, el de reír, y el de llorar. El de caminar, el de observar, el de sentir. Me atrevo a decir que la noche es buena, incluso, para trabajar.

La noche y los santos placeres. Una mezcla volátil; impredecible. Una mezcla que trae grandes beneficios, y que representa grandes riesgos en cada uno de los instantes, de los espacios y contextos donde ésta relación se vuelve real.

Cómo acabar involucrado en un homicidio

Cuando la noche se hace realidad, y salimos a darle la cara a la convulsión del flujo urbano, nos encontramos completamente expuestos y vulnerables, ante los sucesos de placer que nos causan regocijo, hasta aquellos placeres de otros que nos causan dolor, miedo, ira y hasta depresión.

Ninguno de los seres que se ponen en frente de la noche, como lo que es, como lo que hemos visto, está exento de tener que saciar los placeres de otro. En ocasiones, no hay elección.

Nuestros pedestales morales se van al suelo cuando, sea por azar, o sea por una cadena específica de hechos, terminamos metidos de lleno en una situación que queda básicamente en limpiar sangre del suelo, para luego buscar respuestas.

Borrar las pistas para buscar respuestas. ¡Vaya despropósito!

Pero no queda opción. Al borrar las pistas, quien por una total calamidad se siente culpable, y se ve involucrado, está lavando también sus propias manos; está en la etapa del juicio. Con esto, nos remitimos al hecho de que, el juicio posterior al placer, se vuelve contra nosotros también cuando no hemos desatado ningún hecho que nos haya dado placer. De un modo u otro, al vernos envueltos en la saciedad del placer de otro, de otro ‘inmoral’ a nuestros ojos, hemos de pagar el juicio por igual. Como si alguien nos halara hacia su propio abismo. Todo esto pasa en la noche, la noche del común. La noche de los bohemios y los locos, quienes buscando refugio en sus propios placeres, pasan de largo por esta ciega existencia. Hay ocasiones en las que, por azar, o por esta cadena incomprensible, infumable de hechos, las circunstancias deciden. Nosotros no.

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