Al amanecer y al anochecer

… y que simplemente todo transcurra normal.

Tomo mi taza con café y me planto en la ventana, a mirar cómo está el día, y a escuchar a los pájaros, que se hacen difíciles de diferenciar entre el ruido de las estridentes máquinas con ruedas que atraviesan la autopista.

El sol me da en la cara; son las nueve de la mañana, y el olor que deja el poco rocío que aún se evapora hacia el cielo es igual que el de ayer. Aún no hay visos de encontrar la divinidad. ¿Para qué? Si invoqué tanto a San Gabriel como a Samael y ambos me han dejado desolado.

Mi dulce pesadilla, termina.

Tan pronto como cierro el nauseabundo pensamiento del inicio del día, y me dejo subyugar por el medio en que me muevo, simplemente tratando de descubrir si todo lo que es el diario no es más que el resultado de la cadena de mis malas decisiones, de pronto es de noche otra vez. El rocío ha vuelto a asentarse en el suelo, y huele igual que anoche. Quisiera dormir, pero no puedo.

Otra vez en mi ventana, tratando inútilmente de encontrar un patrón a seguir en las luces que apenas dejan ver la forma de las calles, y apreciando con curiosidad cómo mi taza de café se convirtió en una copa de vino; vuelvo al mismo lugar del que traté de salir ayer, antier, la semana pasada y el año pasado. Me doy cuenta, de nuevo, que lo primero que me pasó en la vida fue nacer.

“¡Agradecé el regalo de la vida!”, me dicen. No puedo dejar de reír al verlos cuando contesto que la muerte es un regalo igual de valioso.

Entonces levanto la copa para darle un sorbo, y el humo de cigarro proveniente de mi nariz llena la media copa que queda vacía. Dirijo mis ojos hacia abajo, a lo que veo el gris flotar encima del púrpura intenso del fondo de la copa, y entonces quiero creer que entiendo; gris sobre negro es la consigna del diario. Así que vuelvo y pregunto, ¿para qué?

Basta con mirar hacia arriba para volver a sentir el miedo que me produce pensar en todo aquello que no entiendo, y que no sé si quiero entender.

Arcano XV

¿Enfocarme? ¿para qué? En mi tardía inocencia aún creo que, si me enfoco, dejaré de ver con detalle todo aquello que queda fuera de foco.

¿Caer enamorado? ¿para qué? Enamorarse es morir un poco. Yo necesito morir del todo.

¿Filosofar? ¿para qué? Como están las cosas no sería un filósofo, si no un pobre sofista que busca un sitio más cómodo para revolcarse en su propia miseria.

¿Levantarme? ¿para qué? Si no tengo ni la más mínima certeza de si lo que hago lo hago por mí, o por satisfacer los deseos de un titiritero sutil.

… y que simplemente todo transcurra normal. El sol me da en la cara; son las nueve de la mañana, y el olor que deja el poco rocío que aún se evapora hacia el cielo es igual que el de ayer.

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