Sendero

De sólo caminar hasta el cansancio. De sólo acabar en el mismo lugar.

Cielo bonito devuelve mi alma,
Cielito yo te pido otra oportunidad
Cielo no me hundas, no me desmorones
Cielito no me dejes sin saber la verdad.

Aparecen con frecuencia aquellas mañanas en las que levantarse del lecho se hace un poco más complicado de lo normal.

Al parecer el problema no es el lecho. Ni siquiera la mañana. No tendría por qué; la mañana es hermosa. Es, al menos aquí en el trópico, casi siempre una perfecta mezcla entre el sol y el frío. El olor a suciedad de la calle mantiene un perfecto equilibrio con el aroma de la maleza que sobresale sobre el asfalto, y con el breve y soberano tramo de un parque, o un jardín.

El lecho varía, y así mismo lo hace el sendero. Los colores que pintan la trayectoria siempre acaban dependiendo del humor de algún dios.

Lo que no resulta muy distinto es el camino, de ida y vuelta. Siempre hay un punto inicial, y un punto final que eventualmente se transfigura en un punto inicial. No es muy distinto, entonces, recorrer esa secuencia lineal de un punto a otro desde donde sea que la rueda de la fortuna nos haya plantado, y hacia donde sea que volvamos a subirnos a ella, en el inescrupuloso afán por llegar a algún lugar.

Five of Pentacles, Rider Waite

La singularidad de cada recorrido los convierte en una simple secuencia lineal de azares.

A veces, el banquete mañanero de las aves carroñeras, ambientando el paso del ilustre vecino que camina a la iglesia durante el amanecer, forman un exquisito conjunto de la mano de la visión borrosa, el cansancio y el olor a humo insomne de ese cigarrillo húmedo; el último que quedaba, apretujado en algún bolsillo sucio del abrigo.

Ambos con un estrecho lazo en común: ese indeseable azar que nos cruzó en la madrugada. Su afán de ir a expiar sus culpas, y mi prisa por llegar a vomitar las propias.

Caminito cubierto de cardos
La mano del tiempo tu huella borró
Yo a tu lado quisiera caer
Y que el tiempo nos mate a los dos

Sucede que la otra pequeña diferencia entre los puntos es el hecho de ir, y el de llegar. Hay recorridos apresurados; frenéticos. Otros no lo son tanto, pero se pueden revertir sin previo aviso. Como entrar en la suntuosa puerta del encanto, sin precaución ni prisa alguna, pero luego querer salir corriendo, sólo para enfrentar que la misma puerta ya se cerró detrás.

Podría ser, también, que simplemente todos los senderos conducen al mismo sitio. Parece ser el lecho siempre el punto de inicio.

El lecho para descansar del sendero, o sangrar de él.

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