Síndrome

Existen llegadas anunciadas.

Aun así, en cualquier momento tocarán la puerta. En el menos esperado. Y parece que trajeran consigo un ariete, pues sus golpes retumban en las paredes, en los pasillos, en las luces…

Es tonto preguntar quién toca la puerta. Siempre son muchos. Siempre son diferentes.

Al banquete asisten todos, como una manada de perros hambrientos. Y el banquete, probrecillo, sólo quiere huir, encerrado en su propia fortaleza. Pero ni siquiera huye de aquello que se posa en su umbral; su papel como buffet es el de siempre, y es innegociable. Huye, más bien, del compromiso que tiene con los síndromes.

Un baño y una afeitada en horas de la mañana bastan para sentarse a esperar quién llegará. Tomar la lista y pensar en cómo hay que lidiar con cada uno de ellos.

III de espadas

Así, en caso tal de llegar el síndrome de abstinencia, se sabe que la salida fácil es dejar que los pies caminen y encuentren una verbena, en la cual poderse intoxicar de sabores amargos, y así mismo vomitar la amargura.

Y si fuera el síndrome de corazón roto quien tira abajo la puerta, tampoco hay lío. Ya el banquete sabe lidiar corazones rotos, y se pone en frente para simplemente asumir las consecuencias.

Y así, con todos los demás. Sin ellos no habría banquete. Son el alma de la fiesta.

La existencia es en sí el síndrome de Casandra, ya que por mucho que el banquete quiera saber quién va a llegar a cenar, no lo sabrá, ni podrá tampoco hacer nada para evitar su compromiso.

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