PULSO

A José Arturo Duque González (marzo 28 de 1956 – abril 25 de 2024)

Un reloj que no funciona.

Y en algún momento alguien pregunta, menciona o se burla de que, aquel artefacto de pulsera, marca siempre las 2:10.

Es sólo un reloj. No es decorativo, ni es un dispositivo con la utilidad común de mirarlo y saber qué hora es, qué me ata a esa hora, y qué me atará a la siguiente. No se siente al ponerlo cerca de un oído el exasperante latido del segundero, que se supone debería ser su función vital.

El reloj vino a mí de una extraña manera, y si no está en mi muñeca izquierda lo llevo conmigo en algún compartimento de alguna mochila de diario.

Decidí hace tiempo, cuando aun funcionaba con normalidad, no renovar su pequeña fuente de energía. Su maquinaria, con esa misma fuente, estuvo viva en la muñeca de un hombre que lleva poco menos de dos años en una bóveda de cementerio, seguramente ya en proceso de esqueletización.

En lugar de caja pongan un petate, y en lugar de velas botellas de vino

No era un hombre perfecto. No los hay. Su búsqueda de redención en los últimos años de su vida, sin embargo, terminó por enseñarme a enfrentar también mis propios pecados. A no huir de mis desfases, mis deslices, mis desdichas. A simplemente saber cómo usar un destornillador, un taladro, un arma.

Ese reloj es un amuleto. Un documento. Un recordatorio que he observado hasta para esconder lágrimas a mi madre. Una manera de obtener un escudo ante el desasosiego, el miedo, la presión inherente a este mundo pútrido y todas sus mierdas.

Marca siempre las 2:10. Y aunque el mundo insista en seguir, hay pulsos que deciden detenerse justo en el momento en que todavía significaban algo.

No necesito que funcione.

Por eso no cambio la batería.

Porque hay cosas que no deben volver a moverse.

Y hay horas que, si avanzan, se pierden para siempre.

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