Una escena previamente ensayada.
A veces, la iluminación y la temperatura cambian cuando se dan ligeras variaciones en la estructura general de lo que simplemente es salir de casa en una mañana cualquiera.
En ocasiones hay más olor a humedad, en otras menos, pero siempre se mezclan con los demás: con las frituras frescas del carrito de comidas de la calle de abajo, sazonado con el humo que expulsan los furgones que diario descargan material en aquella sospechosa fábrica textil, instalada en un parqueadero, y de la que durante años hemos visto entrar y salir a las mismas almas con uniformes blancos, y ojos cansados.
Más adelante, en la misma pendiente por la que caminaba hace más de veinte años para ir a la escuela, de entre casas y edificios salen personas, a la misma hora y con las mismas botas, a encender la misma moto para recorrer la misma ruta de ayer, y la de mañana, esperando a que un error de cálculo en esa secuencia predeterminada no les impida regresar tal y como salieron.
Algunos de esos rostros que se asoman son familiares, claramente golpeados por los años al igual que el mío. Ya no todos dicen buenos días, pues ya no nos conocemos aunque podamos identificarnos en este espantoso primer vistazo a la cotidianidad de todos.
Los cuadros no se detienen, y como siempre viene bajando de la calle izquierda esa joven con su hijo pequeño, de camino a la escuela ya retrasados. Su termo cae al suelo, y la joven suelta un improperio con queja de sus premuras. A veces cae una mochila, a veces hasta se cae el niño, pero siempre se obtiene la misma reacción.
Unas calles más abajo se encuentra como cada mañana un señor de cuerpo “generoso” terminando un cigarrillo, mientras otros cuantos lavan los buses de los barrios que empezarán a circular en horas precisas. En ellos viajarán de un lado a otro en su mayoría las mismas personas de todos los días. El señor robusto suelta la última bocanada de humo, y lanza la colilla al mismo rincón que en un rato tendrá que barrer.

Fuera de la iglesia, pasadas las 7 de la mañana, una mujer siempre vestida con prendas deportivas espera pacientemente a su madre, mientras esta sale de la primera liturgia del día. La madre, que ya camina con dificultad, es respaldada por su hija para asistir a su ritual, un día sí, y otro también.
Esta corta caminata finaliza diciendo buenos días a la bella rubia del negocio de enfrente, al barredor de calles, al reciclador de la esquina, y a aquellos que han tenido el ánimo suficiente para llegar a trabajar antes que yo.
Ahí, nuevamente, con mi mano en ese desconcertante registro biométrico una vez más, y del que siento no haber salido desde hace años, como si todas las escenas que empiezan o terminan frente a este perturbador dispositivo fueran el equivalente a un “luces, cámara y acción” de una ruta permanente al matadero.
El biométrico como un reloj sin números que da vueltas sobre todos nosotros, y cuya única misión es continuar arrastrando por ese pasillo circular todo lo que haya a su paso, desgastándolo en el proceso hasta que no quede más que el polvo sobrante, mientras nuevos elementos caen constantemente en sus escarpados suelos.