Anacrónico

Hay quienes rezan que el tiempo tiene poderes curativos. Disiento.

Lo único que he atestiguado es que, con el tiempo, nada se cura. Más bien todo desaparece.

Como un río furioso, en su flujo imparable, que parte en pedazos lo que está a su paso. Aquellos fragmentos, de un poco de todo, no tienen otra opción que dejar que la corriente guíe con inclemencia sus despojos, hasta que sencillamente desaparezcan en alguna desembocadura desconocida; la nada.

… esa noche desperté con los ojos temblorosos. Creo que me temblaban hasta las uñas. En el cuarto había alguien conmigo, y se quedó viéndome.

– ¿Qué pasa, ome? –Me preguntó- Tenés severa cara de culo.

– Agh, no sé. Como que me desperté odiando a mi generación.

– … ¿Y eso?

– Parce, no sé. Si supiera te lo diría.

Me levanté y caminé hacia el baño. Al verme en el espejo no me extrañó nada: el pelo frisado, los ojos hundidos y la boca seca, probablemente a causa de todo el ron, el vino, la cerveza, la marihuana y sólo Dios sabrá qué más de la noche anterior.

– Aguanta un cafecito. Qué destrucción. –Le dije, aún atontado

– ¿Un cafecito dónde a esta hora, genio? –con un sarcasmo fastidioso, viéndome

– ¿Qué hora es, pues? –le pregunté

– Diez de la noche del lunes.

– ¿lunes? Ah, jueputa…

Resulta que no era la noche anterior, sino las dos anteriores. Aquella muchacha estaba muy enojada; como si fuera mi culpa el que ambos hubiéramos perdido la noción del tiempo, después de haber viajado felizmente a cientos de kilómetros del pueblo, sin idea alguna de cómo volver.

De esa experiencia hasta hoy han pasado unos seis años. En ese tiempo no sé cuántas veces, y en cuántos lugares se habrá repetido. No de la misma forma, claro. Simplemente me he visto llegando tarde a todo desde que tengo memoria. Sin embargo, esa ocasión fue muy especial.

Cuando conducíamos de vuelta a nuestro amado muladar, durante unas seis horas, hubo completo silencio. O al menos fuera, porque en nuestros rostros se apreciaba esa pesadumbre; esa sensación del esfuerzo inútil por tratar de recordar aquello que quedó perdido en un día y medio entero de nuestra existencia. Es como si, de repente, sintiéramos que habíamos perdido el hilo de absolutamente todo. El hilo de la vida misma.

A nada se llegó; seis horas de absolutamente nada. De cualquier forma, no hay cómo confiar si quiera en nuestra propia memoria. Si ha de llegarse tarde, o simplemente no llegar, todo acabará dando igual. Es como pretender ser ambas sombras que proyectan las luces de la calle cuando se camina en la noche, aun estando en medio; siendo ni el antes, ni el después.

Siendo una sombra y luego otra; la que llega o la que se queda atrás. La que está o la que espera. Quien está en medio es siempre quien se oculta.

Perder la noción del tiempo pude, a veces, traer más beneficios que consecuencias.

Aceptar que el hilo de esta existencia llena de supuestos y especulaciones, no es más que un cíclico anacronismo.

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