Sería como escribir las memorias de una estación eterna.
Desde el momento en que tuve consciencia de mi propia existencia, las preguntas han ido en la misma dirección. 23 años han pasado desde el primer “por qué” que invadió mi cabeza, y seguido a ese fueron cientos, miles, y las preguntas, las sensaciones, las perspectivas, los miedos, las acciones y toda consecuencia de ellas, han sido de cálido naranja y frío azul en todas partes.
Lo primero, en su momento, fue caer en cuenta del desgaste de las cosas, y de las personas. De que los viejos eran viejos, y los recién nacidos se veían “apenas desempacados”, pero empezaban a envejecer también desde el momento en que dieron su primera bocanada de aire. Como es natural, para la curiosidad de un infante que apenas descubría que las cosas podrían tener un porqué, sólo quedaba preguntar para saciar esa nueva necesidad.
De todas las respuestas recibidas, la única conclusión fue poder descubrir que, a grandes rasgos, simplemente todo tiene un principio, y un final. La vida al parecer simplemente se ha de desvanecer, y no hay nada que detenga el hecho de que seremos tabula rasa para los gusanos y el reino mineral, tal como lo fuimos una vez en las trompas de nuestros progenitores.
Ni los hitos, ni las alegrías, ni el sangrado y el desasosiego permanentes detuvieron nunca la consciencia de haber sido maldecido y bendecido con el extraño regalo de la existencia. Ni perder la voluntad de vivir ha hecho que abandone la vida misma.
Ni los títulos profesionales y su ilusoria significancia, ni los “respetuosos” saludos en correos electrónicos urgentes de un lunes a las 8 de la mañana, ni el poco grato mensaje anual de la dirección de impuestos, ni la sonrisa forzada del negocio de café de al lado, ni el desagradable encuentro con las nuevas compañías de mis viejas compañías, ni la tumba de mis mentores, ni la muerte de mis perros, ni la consecución de un logro autoimpuesto, ni la aparición de placeres efímeros, ni la ilusión adolescente tardía de sentir algo genuino hacia alguien que apenas conozco, ni la noche de calma de unas vacaciones, ni el reencuentro con viejas amistades, ni el temor a la guerra… ni todas las mentiras mal impresas1 que me ha hecho perseguir la realidad de estar y permanecer aquí hasta que por el camino se detenga mi corazón, han podido cambiar la estación en la que me encuentro.
A lo largo de este ciclo de alegría, penuria y desolación, en noches de cama, a aquellas que me han sugerido que sólo abandonando mi dolor podría conservar su compañía, doy gracias, y aclaro que preferí abandonarlas a ustedes antes que a ese dolor, que me ha acompañado en cada proceso, en cada instancia, en cada juicio y en cada resolución habida y por haber en esta vida. En cada momento de inesperada felicidad que da el justo contraste que necesita una cabeza tormentosa para sobrevivir a lo que será de nuevo un atardecer naranja y de poca luz.
Es mejor la compañía de ese viento húmedo, y del sonido de las hojas secas que sonoriza cada pisada que puedo dar entre la niebla. Caminar sobre los senderos lluviosos, aunque deshidratados, entre las tumbas de los amigos que ya no están, de los amores que nunca fueron amores, de los maestros que hoy están en descomposición, hasta el día en que encuentre mi propio lecho para así perecer como la vida ordena.
Perecer para permanecer en este otoño perpetuo.

- Alice in Chains – Nutshell ↩︎