DECESO PREVENTIVO

Cavé esta fosa desde la primera vez que te vi.

Jugando como niños, mostrando sin medida de manera bilateral que todo podría salir mal, y sin embargo, con ese profundo deseo, muy en el fondo, de que no fuera así. De no tener que sentir otra vez que un vacío inexcusable se expandiría sin remedio. Sin consuelo. Sin motivo. Sin retorno. Sin redención.

Pero sigamos intentándolo, que la propuesta de morir siempre está ahí, en algún costado; observádonos. Esperándonos.

Tomando la tragedia como punto de partida, y amando más al dolor que a la luz que detrás de él se esconde, y que uno mismo no permite salir. Sabiendo al mirar tus ojos que aún existen hilos de plata que te atan a aquel gandul con hormonas; “al amor que te crucificó en la adolescencia”, como lo definía Arango1, al igual que yo, que en estas cuestiones nunca sé cómo empieza, y nunca sabré cómo termina.

Es como asesinar a alguien por precaución. Por la mera sospecha de que ese alguien, por quien brillan mis ojos justo ahora, será la misma razón porque la poca sombra que puede proyectar el laberinto simplemente se esfume, y sólo quede recorrer paredes sin sentido hasta que la desesperación arrincone y pudra lo poco que puede un hombre conservar después de cometer el gran error de ofrecer algo que nadie pidió.

Negado a volcar mi vida hacia quien quiere simplemente poseer la voluntad del otro. De obtener seguridad y tranquilidad a costa de otro. Como parásitos comunistas del sexo y la sociabilidad. Negado a asumir la responsabilidad que un alma consentida no es capaz de asumir consigo misma, porque esta asume que vendiendo un buen culo y lindos ojos será suficiente.

Asumiendo, eso sí, el riesgo de perpetuar una tierna soledad; volverla un refugio en el que nada puede dañar. Y de haber daño, habrá un culpable. Alguien a quien aplicarle los más crudos y lentos castigos. Nadie más que uno.

Asumiendo la única responsabilidad resultante: gestionar el cadáver. No cavaría una tumba por nadie, no la cavé por ti. La cavé para mí. Y no sería la primera vez: la tumba siempre es de diferente tamaño, pero el cadáver siempre es el mismo. El mío. Cada vez más pesado; cada vez más descompuesto. Cada vez más maloliente.

Todo para llegar al placer de simplemente mirar hacia el hoyo y descubrir que te has arrancado el corazón por salud. Pues de entregarlo y quedarme, es mejor que te lo lleves y dejes el cuerpo para que lo cargue yo. Arrastrar el despojo de un deceso que cada vez duele menos, pero que hace que cueste más caminar por cada pecho abierto que queda en él.

  1. Arango, Gonzalo. Muerte, no seas mujer, en: Obra negra. Santa Fe de Bogotá, Plaza & Janés, primera edición en Colombia, abril de 1993, pp: 138 – 139 ↩︎

Deja un comentario