AZÚCAR EN EL ABISMO

Un día, como cualquier otro…

Abro los ojos, con el placentero fondo musical de aquel asqueroso chillido que no hace más que perseguirme, desde hace años, como si fuera mi propia sombra.

Dócilmente apoyo mis pies en el suelo, y durante unos instantes aprecio con sorpresa fingida y oculto rechazo que aún es de noche ¡Ni siquiera se asoma la luz!

EL MARCO DE AZÚCAR

EN EL ABISMO

… y ese maldito chillido lo sabía desde un principio. Lo supo desde que pagué mil dólares por él. Mil dólares bien gastados: Un pequeño visor con calidad 4K para ver con indiferencia los logros, desgracias y estupideces de este mundo. Es un gran invento. No podría enojarme de verdad con él. Es una pequeña indignación en ese cochino lapso de tiempo entre el despertar, desayunar a la fuerza y emprender el camino a un lugar más tormentoso, como Dios manda.

Y entonces, tras una saludable media mañana, compuesta por un nutritivo café negro y un saludable cigarrillo, recuerdo con increíble alegría mis deudas, y que pronto he de pagar aquella factura de servicios. De no hacerlo lo suspenderían, y me condenarían indefinidamente a la desconexión de todas las maravillas de la red ¡Qué horrible destino! ¿cómo podría ver asaltos, accidentes y actividades sexuales curiosas contra mi voluntad en mis horas de reposo? No podría soportarlo.

De sólo imaginarlo me pongo enfermo. Tendría que trasladarme hasta sus instalaciones, sin embargo, es reconfortante pensar en que esos prestadores de servicios de actitud amable y sonrisa completamente sincera solucionarán mi problema en pocos minutos, seguro y sin ninguna dilación, y no se les pasaría por la cabeza ofrecerme algún nuevo servicio inútil que suponen que estaré dispuesto a pagar.

Otro cantar sería el traslado hasta el lugar, dándome cuenta desde el primer momento que no me queda ya gasolina. Esto me obligaría a sentarme junto a todas esas almas atormentadas en un autobús con carrocería Volvo, ya pidiendo la sepultura ¡Qué horror!

Pero siempre hay un consuelo en este abismo.

Con unas quince, o treinta encantadoras jornadas, iniciando cada una de ellas con el asqueroso chillido de mil dólares en mis oídos, desayunos forzosos, y hermosas horas de recibir observaciones, consejos y opiniones no solicitadas de parte de mis colegas de labor -o más bien, de mi segunda familia-, que están siempre ahí para colaborar y construir (pues de sus bocas no saldría nunca una injuria, ni una queja mal habida), será esta sanadora convivencia remunerada con un gran diluvio de azúcar sobre nosotros.

El día de la lluvia todos sonríen ¡Quién lo diría! Si antes de la tempestad ya éramos felices, y ahora somos también dichosos.

Ya nadie necesita ideas innovadoras que endulcen su existencia. Nadie requiere de una nueva actividad, o un baile misterioso que haga que llueva más fuerte ¡Qué fortuna, que ya podremos seguir viendo todas esas recetas que nunca haremos, que podremos regar nuestras plantaciones en supermercados, embriagar toda esta felicidad compartida!

Qué privilegio habitar esto que, siendo primero una cantera, ahora es un abismo.

La nómina del azúcar en el abismo, aunque sólo sea un día.

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