El enfermo sentido del humor del eterno retorno.
Aquello de destruir para crear va, inexcusablemente, a reducirse al nivel micro del ya muy mencionado y escaso “control” que se tiene sobre el extraño regalo de la existencia.
Tómate la libertad de expresar enojo contra la divinidad. Pues, de cualquier forma, nunca te va a escuchar. Los gozos y lamentos que te sean concedidos son, en realidad, menos importantes que la pausa entre dos palabras.
Así como es evidente ante nuestros ojos cada día, somos escupidos al mundo con un idioma, una cultura, un estrato y, en mayor o menor medida, una insondable carga de karmas que no compramos, pero que aun así hemos de pagar.
Calcula alegremente cuán grande será la factura a pagar por tu gozo. O simplemente si será una gran oferta, como costear unos meses de tormento como el módico precio de una semana de genuina felicidad.
Las cuotas tienen una tasa de interés muy baja. Un poco de autoindulgencia, melancolía y escapismo a mediano plazo. De vez en cuando, desdibujar las fronteras de la identidad; renunciar de manera temporal a reconocer lo que puedes ver en el espejo.
Tras esto, se vienen las tristes interpretaciones de la naturaleza humana. Un buen plato caliente del descarado impulso de culpar a alguien más por tus desgracias, y desear transferir todas las dolencias a ese ser que proyectas como el hacedor del mal. Y bueno, quién sabe, a lo mejor ese ser reciba su factura, y no tenga la opción de elegir no pagarla. Sin embargo, lo común, es que para entonces ya nada de aquello que te hizo caminar por tu propio infierno importe más.
Como cualquier contrato, este también tiene sus contraindicaciones. Atrasarse en las cuentas a pagar, consecuencia de la desesperación, puede ocasionar un embargo. Uno que petrifique la percepción de la vida, y te haga concluir que es más útil ver a una prostituta que a un terapeuta. En el peor de los casos, lanzarse por un balcón, o ponerse una bala en la cabeza.
Una vez superada la etapa de no morir -aunque ya muerto, de otras formas-, esperarás con ansias un nuevo auge y, en consecuencia, te anticiparás a una nueva caída, que igual ha de encontrarte desprevenido.
