El infante

Se dice que todo tiene que desaparecer.

Aun sin llegar a poder conocerlo, lo perseguimos, y más que todo, a la capacidad que tiene de sorprenderse. Con casi cualquier cosa.

Sabiéndose ahora incapaz de conseguir ese objetivo de una manera natural, se lleva una ardua serie de acciones (conscientes e inconscientes) por llegar a esto.

Pretendiendo conocer la mente de un infante, se induce a la infantilización de la consciencia crecida, casi obligándola a actuar desde una figura que, para ella, se desdibujó desde hace ya mucho tiempo.

Casi siempre, por más que se busque de forma lúcida, no se alcanza si quiera a estar cerca. Pero de que hay maneras, las hay.

Pasa que dichas maneras no son métodos. Son más bien accidentes. O incidentes, si se quiere.

Podría llamársele incidente a un estado alterado inducido, que tiene como resultado una infantilización transitoria del cuerpo, la mente y el espíritu del buscador. Esta manera posee, comúnmente, la cualidad de no poder ser controlada. A veces incluso, de no poder ser recordada y, de serlo, es común que se haga con un notable sentimiento de pudor y vergüenza.

Podría ser llamado incidente el paso del tiempo, que ineludiblemente convierte al buscador en una versión infantil envejecida, ya menos manejable, menos duradera, más quebradiza. Más cerca de la sepultura que de la realización. Menos consciente de sí mismo que un neonato.

Se apunta, pues, a que el espíritu infantil es el auge y caída, no sólo del homo sapiens, sino de cualquier forma de vida conocida.

El estado más primigenio de la mayoría de “cosas” es generalmente indistinto de su estado terminal; conclusivo. La gran diferencia, quizás, se encuentra en que el lecho inicial se dispone a obtener, y el lecho final casi todo lo ha perdido.

Al principio, el clímax de aprender, imaginar y exagerar con la abismal capacidad de asombro del infante que poco entiende, que poco concibe.

En medio, la absorción de lo común como un desmantelamiento paulatino del asombro; la adaptación a la creencia de que hay un plano real, alcanzable, y otro irreal y absurdo.

Al final, el aplastante golpe de no aprender, no imaginar y no exagerar con el impacto de la pérdida de todo. Igual de vulnerable y dependiente que en un inicio, sólo que esta vez, caminando hacia atrás, hasta simplemente no caminar.

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