El yugo compartido

Algunos apuntes sobre el tiempo.

En el supuesto plano real, no importa que los tiempos suyos, los de ellos o los míos sean “diferentes” en el plano escatológico.

Sometidos sin consentimiento, nos juntamos y nos separamos aun ostentando el hecho de estar atados al mismo grillete. Sangrando por heridas distintas, que se hacen una sola al batirse entre la misma cadena. Misma causal, al parecer, de la aversión -o el miedo, o el asco; como lo quieran llamar- que genera el sangrado ajeno. Si sangra más rápido, o más lento. Si le estanca o no. Si es roja o si es carmesí; parecen ser sólo apuntes sobre el tiempo.

Tan legítimo es el percance sobre el tiempo, que aquello que no cuente con él, simplemente no existe. Cada acción y cada consecuencia requieren de una porción de ese concepto etéreo infranqueable, incluso si luego el dictamen es que desaparezca sin dejar rastro.

Se piensa sobre el tiempo; se habla luego sobre él. Se actúa sobre él. Se consigue sobre él. Se consigna sobre él. Se ama sobre él, e igual se odia sobre él. Se olvida sobre él. Se vive sobre él, pero nunca por encima de él.

Se nace y se muere entre las penurias de sentir que el tiempo es corto, o es largo. Pero “el tiempo apremia…”, claro, con su déspota voluntad. Abusando de su superioridad. Sometiéndonos a largas jornadas de costosa lucidez para hacernos creer que obtenemos de él un beneficio que no se trate de envejecer loco y enfermo.

Así, irreversible y hermoso, inmortal y sepulturero. Invisible y omnipresente. Mágico, metafísico.

Un “qué” y un “para qué” en el que aseguramos convertir el agua en vino, queriendo soslayar que es el tiempo quien propicia su transformación a la delicia, o al desperdicio. Él, y sus divinos caprichos, que llevan estos párrafos a concluir nada. A pesar del tiempo que ha tomado escribirlos; a pesar de ser una idea idiota con adornos.

Nos arrinconó a la diplomacia. Recuerde usted que está mal visto actuar desde una postura que no simule a la razón. Acate con humildad las formas y los vicios, pues la conceptualización del tiempo tiene sobre sí misma la futilidad de un pensamiento, que luego se volvió una burda imposición; un insumo para satisfacer el alarde irracional de la razón.

Nos arrinconó a sentir que la decadencia es una forma de apreciar y desear las sensaciones que ofrece existir en él. En esa “medida del todo” que tratamos de justificar como niños necios. Y los meses del contador, y los términos del abogado, y la cocción del cocinero, y la progresión del docente. Y el crecimiento del neonato, y la descomposición del difunto.

Nos convenció de que el momento en que empiezan a sonar con fuerza los apuntes finales es cuando se debe entender todo; exteriorizar todo. A tener claros los pendientes y olvidarlos con cinismo. A romantizar el fango. A volverlo, incluso, moneda de cambio. Que “el tiempo es experiencia” repetimos con serena certeza.

Nos hizo saber que la vida en él se encuentra entre la frescura de las flores de otoño, y la putrefacción de las flores del verano. Entre el saludo y la despedida. Entre el sudor de las sábanas y el baño con aroma.

Nos llevó a coexistir en una “nada” con nombre.

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