Sólo de ida

Un pequeño guiño de la vida que siempre se compra, y siempre se usa.

No se paga de forma convencional, pues suele simplemente aparecer entre las ruinas de lo cotidiano, y en el momento justo. El boleto es también intangible; etéreo.

Cada uso es único, y no hay desembolsos. Sólo una sensación indica que la transacción fue exitosa: su vacío.

Se usa el boleto cuando se sabe uno caído en el embeleco de unas tetas falsas.

Cuando se cierra la puerta del taxi, rumbo al aeropuerto, y se siente el mortífero placer de que no se verá a esos ojos nunca más.

Cuando llora la hipócrita Medusa, porque no se siente amada según su capricho, achacando su vacío al ebrio perdido que se posa en frente.

Cuando saca excusas el infante narciso, y culpa al mundo por su mal.

Cuando las flores, con el viento, liberan efluvio a descomposición.

Cuando el aire, la comida y el tacto se vuelven un sentir nauseabundo.

Es el boleto de ida la muerte irrevocable del espíritu.

La puerta de entrada al bellísimo olvido sin perdón.

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