PESO MUERTO

Sólo es peso, y está muerto.

Es sano poder observar la existencia desde la frialdad. Hacerlo incluye varios fines, que pueden derivar en finales.

Así se aprecia también, adecuadamente, la indiferencia del tiempo para con nosotros, y lo ingenuos que llegamos a ser pretendiendo tener algún tipo de influencia «reivindicadora» sobre él.

El mecánico devenir del espacio-tiempo suele ser muy claro en sus enseñanzas, y nosotros, arrogantes y soberbios, nos negamos casi siempre a escuchar, aún sabiendo que es lo único que podemos hacer.

Pretender convertir los designios del tiempo es cargar un peso muerto. Es atribuirse poderes que ni el político más sociópata podría manejar. Transitar por un camino que ya se ha hundido.

Es casi tan estúpido como sólo pensar en amar a la misma persona en igual medida dos veces. En primer lugar, no se eligió cómo hacerlo la primera vez. En segundo, sólo se puede pensar en hacerlo de nuevo.

Aunque el pensamiento sea el primer paso de un todo, la praxis se encargará de frenar en seco ese propósito sin propósito.

Cobijar esa carga es muy cercano a envolver un cadáver y sacarlo a pasear; el peso muerto de un conjunto de pedestales morales que no son más que basura.

Carga tus títulos, tus dolores, tus aciertos y tus errores.

Así mismo, déjalos atrás cuando pesen de más. Escucha con atención el asqueroso estruendo de su podredumbre.

O, también, carga tu peso muerto, y púdrete con él.

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