Al acecho desde los antiguos relatos que aún nos acompañan.
La Muerte Rosa, prima hermana de la Muerte Gris, hija de la Muerte Azul y esposa de la Muerte Negra.
A diferencia de su simpática familia, la señora Rosa no llega con la intención de matarte. No porque no pueda, sino más bien porque no es ese el propósito con que ciñe su guadaña. No. La señora Rosa sólo viene a recordarte de una forma amablemente cruel qué tan ínfimos y engañosos son los espejismos de tu propia cabeza. A dejarte en claro que la poquitísima sensación de control que ya posees en tu vida puede ser mucho más pequeña.
No puede verse con malos ojos a la señora Rosa. Es una amable anciana de mejillas coloradas -aunque de negro, coloradas- que tanto como da, quita. Es un alma vieja que tiene muy claros sus fines, sin embargo, está inhabilitada para dejarlos completamente claros en las ingenuas almas que le acogen una, y otra, y otra vez.
La señora Rosa vendrá y te enseñará las dulces caricias de un camino, que tú considerarás algo nunca antes visto, en medio de una secuencia lineal de autoengaños que, como pueden ser la primer vez que experimentas, puede ser la quinta. Y serán iguales, con sutiles diferencias fabricadas de manera mecánica por las limitadas capacidades de la percepción humana. Entonces, Rosa tomará una forma que crezca dentro de ti como lo más querido. Algo así como una espora psicotrópica que te hará sentir que vuelas, aunque simplemente te estés lanzando al abismo.

Y es que Rosa no hará nada. Todo lo harás tú.
Pasado un tiempo, sean unos meses, o unos años, Rosa tronará sus dedos, y es ahí cuando su primer nombre cobra sentido.
Rosa libera su magia dejándote a un lado. A un lado de ti y de todo. Rosa hace que sientas que te mueres, pero simplemente no te mueres.
Rosa te deja el sabor de la tierra amarga, y las manos llenas de eso que crees firmemente que te sobra, pero en realidad te falta. Es polvo que soplas como si de suciedad acumulada se tratara.
Pero no, no puedes evadir a la Muerte Rosa. La enfrentarás, así no quieras, porque cuando se vaya, la dulce anciana Rosa volverá con otra forma, con otro aroma, con otro rostro que te enseñará las caricias de un camino, que tú considerarás algo nunca antes visto…