Estaba en un lugar realmente seguro.
No puedo definir con claridad qué fue lo que pasó. Simple y llanamente mis piernas se pusieron muy inquietas, y de igual forma mi cabeza.
Así, pues, corría el año de nuestro señor de 2023. Un viernes caluroso de mayo que, aunque inusual, fue muy tranquilo. Me encontraba con la mejor compañía que pudiera tener en un mes, un año; una vida turbulenta.
La luna trataba sin éxito de abrazar con un poco de frío las frentes sofocadas de miles de pasajeros. Todas esas almas que van de aquí para allá sin un porqué ni para qué, entre el amanecer y el ocaso.
Corrían ya las 3 de la mañana del sábado, y entre risas y chistes estúpidos sobre la condición humana, entre el Ron Viejo de Caldas, la Budweiser y la hidromiel de vereda, decidí abandonar el espacio seguro para dirigirme a la nada.
Intentaron detenerme, alcanzarme, pero mi terquedad siempre ha sido más veloz. Al menos esta vez, a parte de muchas otras, tenía un rumbo claro: sólo quería irme a casa. Al momento de partir era plenamente consciente de que llegar “a casa” implicaba un camino de poco más de seis kilómetros. Aún así partí, felizmente acompañado de mi embriaguez y unos diez cigarrillos.
Tras caminar las primeras calles, la pequeña y desordenada urbe parecía cada vez más sola. A pesar de los peligros que traía consigo la estúpida y avezada aventurita de caminar en tierra de nadie por las horribles calles de esa ciudad, no había paranoia. No había nada.
Entonces aparecieron las playas, la pola, la galería y su natural hostilidad. Nada podía parar a un idiota con iniciativa, pues la peregrinación parecía tener sentido. Lo que no tenía sentido era el idiota peregrino; yo. Yo, que parecía caminar solo, pero no. Iba bien acompañado, respaldado de mis cigarrillos, mi sacacorchos y una multitud de fantasmas que contaban mis pasos, y que me contaban mil historias mientras pasaba junto a la “escoria” mañanera de esa Rionegro inhóspita. Sólo era parte del recorrido. Parte del paisaje.
Entrados en este punto, la peregrinación tenía mucho sentido. El idiota era el peregrino.
El peregrino creyó que purgaría sus peleas y sus dolencias dando pasos, de a uno, a sabiendas del futuro próximo: los pies destrozados, la piel reseca y la cabeza revuelta que no sabía si pensar o caminar. El peregrino creyó que bastaría para expiar sus culpas el sólo hecho de dar un paso tras otro, hasta sumar unos ochomil, con ese estúpidamente noble propósito de “volver a casa”.
Y entonces sólo hubo un sonido durante mucho tiempo: pasos. Paso y paso, de un par de botas compradas en promoción.
El absurdo tramo entre una ciudad y otra empezó a develar el alba. Nunca dije buenos días, ni a los ciclistas borrachos, ni a las taciturnas ebrias. El cielo cambió de negro a púrpura en cuestión de segundos, pero la música de fondo seguía siendo la misma: paso y paso.
Quise romper ese silencio, y sólo sonó una canción.
Tras la canción, la siguiente: paso y paso.
Cada paso se hacía más pesado que el anterior. La planta de los pies empezaba a pedir ayuda, aún sabiendo que faltaba medio camino. El alba iluminaba el entorno con más fuerza a cada segundo. No paraba. No podía parar. No debía parar.
La tonta ilusión del peregrino era que, tras ser consciente del largo camino, llegaría a su destino sintiéndose “mejor”. La tonta ilusión del peregrino se quedó en lo que debía quedarse.
Buda mintió. Jesús mintió. Mahoma mintió.
Sólo fueron el idiota peregrino, con nobles intenciones.
Un idiota con nobles intenciones.