EL PESO DE LA MEMORIA

Repiten hoy, como cintas descompuestas, que lo mejor que puede pasarles a sus vidas es desprenderse.

… desprendimiento. ¿Qué es eso? Una ilusión absurda que nos hace creer que podemos soltar aquello que amamos sin sufrir. Un engaño que nos hace pensar que podemos desapegarnos de nuestras raíces, nuestras personas y nuestras historias sin sentir un dolor profundo. Porque el desprendimiento no es más que una forma elegante de decir adiós, y el adiós siempre duele.

Y así empieza siempre: primero, a hacerse borroso el eco de la voz que tan clara creíamos tener. Luego, sin aviso, ese eco se vuelve una frecuencia irreconocible. A esto le siguen los gestos, las expresiones, y todo ese cúmulo de detalles vacuos que dieron, en su momento, forma a algo más que una persona, o varias.

La noción empieza a deshacerse cada vez más: La estatura, el olor corporal…

Y por último, el tacto. Aquella sensación de cercanía y fogosidad se desdibuja en el vacío racional de las pérdidas; el grito post-mortem del peso de la memoria. El olor a tierra húmeda del altar silencioso en que reposan ahora todas las experiencias familiares, que ya son ajenas.

El dolor profundo de esta disipación es lo único que creemos conservar con nosotros para siempre. Una herida que no cierra, que sigue sangrando. Es un dolor que se arraiga en lo más profundo. Quema y enseña el vacío, como si una parte de eso que llamamos “yo” se hubiera esfumado para siempre. Y es que sí, así fue.

Olvidar es como estar perdido en un laberinto sin fin. Cada esquina te recuerda cierta completitud, pero ahora solo queda el vacío. Es sentir el peso de los recuerdos y la impotencia de no poder cambiar lo que ya pasó. Es tratar de buscarle sentido a lo que se acabó y aceptar que tal vez nunca se vuelva a encontrar.

Es saberse puesto en el mundo como una pieza descartada que ha descartado a otras.

Tendrás tus premios por ello. La demencia, la vejez y la muerte.

El peso de la memoria es el mismo en positivo y en negativo. Te conviertes en un espectro de tu propio pasado, en un extraño para ti mismo y para los demás. La vejez y la muerte acechan, como recordatorios constantes de tu propia finitud, y solo queda la resignación de que, tal vez, en algún lugar de ese laberinto, haya un camino de regreso a la lucidez perdida.

Es sentir que la tierra en que vives está maldita.

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