Quiero creer que eres aún aquel niño que recorría con curiosidad los pasillos de la vieja casa de sus abuelos.
El que gateaba al lado de aquel enorme y noble bóxer, con una bolsa de Cheetos que solía compartir con el canino sin asco alguno, en medio de la humareda que provocaban los cigarrillos encendidos en la mesa donde solían jugar naipes todas esas personas, cuyos rostros pueden ser uno de los primeros recuerdos que conservas, aunque borrosos, de tus primeros años de vida.
Ese infante de ojos saltones, y a la vez cansados, que desde su caminador se devoraba las plantas de la casa, con todo y la tierra de la maceta. Ese que vio llegar a una pequeña criatura de cuatro patas a sus cortos 3 años de edad, mientras aún trataba de entender el porqué de los constantes sollozos de su madre, a quien recientemente una enfermedad le había arrebatado a su hijo más querido.
Ese preadolescente que vio partir a su padre sin comprender el por qué; viendo con impotencia cómo las prendas de ropa variada caían sobre la calle del frente de su hogar, anunciando la fractura sin remedio de su pequeña tribu. Esa que creyó alguna vez que nunca se acabaría, que siempre sería igual.
Ese puberto tímido de notable acné, que nunca quiso saber realmente lo que era tener sueños o aspiraciones. El mismo que se sentó desde sus 13 años de edad a ver simplemente cómo el tiempo pasaba, mientras conocía primero las dulces caricias del vino barato, y la tierna melodía del punk viejo, antes que las del amor y el entendimiento.
Amor y entendimiento que sólo llegaron a poner en la mesa todos aquellos vicios y costumbres aprendidos; a hacerte ver cómo lo único a lo que podrías aspirar sería a repetir humildemente los mismos errores que te criaron. El uso y abuso de las facultades humanas en pro de la ilusión, la desilusión y la autodestrucción.
Entonces un día, ya teniendo en frente a las sinfonías infernales del apego y la complacencia, descubriste por la fuerza también que no se trata únicamente de pretender dar una lección, desde vistas propias, a la inevitable vacuidad del ser humano para solucionar esos errores que ni siquiera te pertenecen. El dolor y el látigo del ego te explicaron que amar es diferente a sentir amor. Que amar duele. Que, así como la pirotecnia desde fuera, con su apreciable belleza, oculta que si te los pones muy de cerca te vas a quemar.
Al crecer también te ha llegado varias veces ya la poco placentera correspondencia de la muerte. Los amigos del barrio que viste florecer junto a ti ya no están más, despedidos de este mundo por el plomo o el acero de las hojas que cortan el velo que los separaba de la no existencia. Tú mismo tuviste que verlo de cerca para entender que muchas veces, simplemente hay que desviarse del camino hasta encontrar el “correcto”.
“Y somos un mal ejemplo con buenas intenciones. Lo demuestran mis acciones… en ocasiones”.
Y hoy te levantas de tu lecho, y te echas una mirada al espejo. No sé si ves lo mismo que yo veo; a ese niño curioso. Hoy no recorre los pasillos, ni juega con sus autos. Ese niño ya no es. Ese niño ahora solo se ahoga sentado en un rincón con olor a whisky y tabaco.
Ese niño es la única responsabilidad que realmente has tenido, y está muriendo.
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