Escatología del amor

Incontables son las formas, y escarpados son los caminos que podrán conducir al final del tormento.

Infinitas son las causas; imprevistas son todas y cada una de las consecuencias.

¿Causas? ¿consecuencias? O, más bien, un espontáneo sistema de creencias derivado del torpe deseo humano…

Aquella insaciable idiotez de saciar a otro. El inútil impulso de amar, que tarde o temprano, sólo acaba convirtiéndose en una impiadosa némesis de agonía y desesperación.

De dolor en dolor, permanecemos

Entonces, como por obra divina, se da el ínfimo salto del Eros al Tánatos. Es imposible si quiera pretender calcular cuánto tiempo ha de pasarse en un punto u otro.

La birria contemporánea signó su ejecución, afirmando que sólo desde su pobre visión de “libertad” podría ser real y legítimo tanto el Eros como el Tánatos. Una noción cobarde que busca conocerlo todo sin antes sentirlo todo. El suicidio cotidiano y colectivo por medio de la mediocridad emocional. La miserable dependencia de maromas discursivas que han reducido su ‘humanidad’ a poco menos que cenizas malolientes.

Y ahí van, como sepulcros con piernas, guardando bajo sus máscaras de ‘bienestar’ y ‘camaradería’, toda la mierda que su ‘legítimo’ miedo a amar les ha puesto encima como una cruz. La misma cruz con que aplastan la luz de quien se atreva a posarse en sus narices con una humilde antorcha.

Tuve entonces aquel extraño sueño, en que caminaba por un polvoriento pasillo de un hospital, con camillas a lado y lado, descubiertas. Cada cama emanaba un brillo particular, de una fuente desconocida de luz, y a medida que avanzaba por aquel agobiante pasillo, las camas se movían delicadamente hacia atrás. Cada cuerpo yerto y enfermo parecía tener una historia por contar, y el brillo genuino de cada camilla se hacía más notable con cada paso.

Esos cuerpos eran todos iguales. Iguales a mí.

Al final, todo pareció ser una ridícula catarsis de todas esas esperanzas ingenuas, y sus desmedidos padecimientos. Como tratando de reconocer todo aquello que debía ser expulsado para no volver nunca más.

Ni los cuerpos ni yo hemos entendido, ni entenderemos nunca esa sensación. Esa que, según Orlando Mejía, estamos censurando:

“Los humanos modernos ya no copulan para encontrarse sino para olvidarse, para vaciarse de todo lo humano que pueden albergar; pues ser humano significa saber que aquello que conocemos y amamos está determinado por la transitoriedad y por el dejar de existir. El acto sexual con otro que se cosifica para no comprometerse emocionalmente nos impide sentir el instante telúrico y orgásmico donde muerte y vida son un solo grito de iluminación existencial.”

Es como si se tratase de un luto vitalicio. Un pequeño sistema de creencias con que se sobrellevan muchas ausencias juntas, apiladas, como sacos pesados, a lomo de mula por una montaña sin senderos. La semiótica entre el padecimiento y la sanción; la cuerda floja del paraíso y el infierno. Los aposentos divinos, la escatología de esa enfermedad abstracta que solemos llamar alegremente amor.

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