Elogio a la decadencia

¿Qué sería de mí, mi musa soñada, sin tu vaivén?

Mis bárbaras pasiones me llevaron donde al fin calmé mi estupidez. Lleno de humo y sordidez; trasegando rutas donde ves la vida como es…

No sería nada. No pasaría nada.

Sería de mí, mi amada, el pobre despojo de una celda de carne, caminando como Caín, por la eternidad en el desierto del devenir del tiempo.

Paso a paso con los días. Días en los que, de no ser por tu invaluable sombra, presente en cada pequeña cosa, me pasaría ignorando los ojos que me rodean. Como si no fueran la puerta del alma; los estantes contenidos en el inventario de sentimientos que da forma a cuanta retina se cruza por la mía.

No sería igual sin las caídas repentinas: como esa ebriedad espontánea de un lunes en la tarde, el post-mortem de un día de mierda.

Las pastillas ‘mal puestas’ y su inigualable mareo. El vino, su pasante. La caminata en la madrugada, su lugar.

El café de las 3 de la mañana, el frío y el bolero, el rap, el black.

El incierto camino del viaje sin retorno de dejar un ‘amor’. El desencanto.

¡La felicidad! Esa furcia impredecible. Esa jugadora sucia, que tanto como asciende, se desploma. La que juega a ganar a costa de la desilusión, tras ser huésped en un pobre saco de huesos que anhela algo de sosiego, y se explota de estupidez cuando lo halla.

Ella enciende la llama, te quema y se marcha.

Pero tú no, mi amada decadencia.

El funesto regocijo del azar, y de sus tristes resultas.

Tenerte cerca es como estar completo. Siempre entre el amor, el odio, la amistad y otros incisos

Simple como eso.

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