DEMENCIA IDEOLÓGICA – PARTE II

¿Qué mejor momento que esta crisis para seguir vislumbrando las incoherencias de “los salvadores”?

Así es. Producto de esta inesperada y desagradable situación, que nos ha puesto a la mayoría entre la espada y la pared en muchos niveles, destacan sin lugar a dudas las brillantes cursilerías del pequeño pero ruidoso grupo de la nueva gran religión; la política.

En esta segunda parte se hará un esfuerzo por simplificar, en la medida de lo posible, las razones por las cuales la pelea que se da día a día, resultado de la exposición de ideas cansinas e insostenibles de parte y parte, son simplemente una locura.

¡Están dementes!

Pero es normal. Es de esperar que el entendimiento a cabalidad del trasfondo real de cualquier tema se abandone cuando, como ya se dijo en el anterior artículo, se siente una ira impersonal por un cúmulo de situaciones que indignan a la masa. En ese orden de ideas, la masa, represente ésta a minorías o mayorías, no es más que capital humano; carne de cañón de un inteligentísimo entramado de burócratas carroñeros y parásitos políticos.

De esta forma, cada grupo vive en su propia fantasía, y sin querer (aunque, al parecer, queriendo) terminan interiorizando un dogma con puntos en común de su tribu, y aunque individualmente las personas difieran de ciertas ideas o prácticas que yacen dentro de ésta, temen ejercer su individualidad y perder su estatus en la jerarquía que existe hasta en las alas que defienden el nefasto igualitarismo. Les genera pánico, evidentemente, perder sus esfuerzos dentro de lo que el loco ermitaño, Theodore Kaczynski, llamaría “el proceso de poder”. (Kaczynski, 1995)

Partamos desde un hecho simple; izquierda y derecha son proclamadas como los dos grandes grupos dentro de los que se resume un inimaginable e innumerable cúmulo de dogmas, doctrinas, ideologías y prácticas. Esta idea de querer minimizar a dos facciones que hoy son un espectro difuso, es una vil mentira en la que es fácil caer. Lamentablemente, quienes caen en una u otra, terminan siendo como hormigas sometidas por el hongo cordyceps, o como esas pobres almas que repiten los discursos de Amway, Forex o Herbalife, y hablan constantemente de (permítanme reír) “cómo cambió sus vidas”.

De cualquier modo, durante la crisis actual han sido tema de discusión diversas situaciones y condiciones de la sociedad por las que, como es de esperarse, se le atribuye toda la culpa al terrible y despiadado capitalismo. Todo apunta a que quienes conquistaron todo tipo de libertades con las ideas del progreso y el liberalismo, son hoy neoconservadores. ¡Pero soy un facho deleznable por decir esto!

Y es que sí. Sin más, el grueso de la población sigue enclaustrado en una discusión de ideas obsoletas.

Es un despropósito negar que las más grandes religiones han dado forma a los diversos contrastes de la cultura y el pensamiento actual, desde hace siglos. Sin embargo, en lo que conocemos por consenso como Occidente, los preceptos del cristianismo siempre han apuntado a la caridad, la unidad y la generosidad. ¿No se parece esto a la empatía que los igualitaristas y colectivistas cacarean en todas partes? Pero claro que sí. Contiene sutiles diferencias, pero siguen en práctica las acciones más despreciadas por este selecto grupo; tales como el repetidamente usado -muy mal usado- término “discriminación”, y el sometimiento a juicios morales irrisorios hacia las personas que no comulguen con su propia doctrina. Una suerte de inquisición.

Para mis lectores en España, Argentina y México, contextualizo en éste párrafo cómo suele ser esta dinámica en mi país; Colombia. Es posible que en varios aspectos sientan familiaridad con lo que pasa en sus propias naciones. Asuntos muy básicos: un país grande, mal administrado, repleto de trabas de diversa índole y una excesiva burocracia, producto de un Estado amplio pero ineficiente que lo único que hace es facilitar la corrupción y la monopolización, lo que hace imposible tener un proyecto productivo que deje frutos dado que formalizar y tributar cuesta más que producir.

Sólo existen verdaderos privilegios para quienes obtienen su salario trabajando para el Estado, y para quienes han escalado al menos un poco en algún sindicato. Esas personas han pasado la cuarentena en paz y tranquilidad, en especial los empleados del sector público, que en su mayoría no han sufrido los vejámenes del “teletrabajo”.

Esto, por un lado. Por el otro, se puede ver una situación mucho más compleja; izquierda y derecha. Para empezar, ¿qué es lo uno y qué es lo otro? Quienes se encasillan en la izquierda se la pasan diciendo que la derecha es un grupo “neoliberal”, lo que sea que eso signifique, y los acusan de ser unos opresores y unos asesinos. ¿Han oprimido y han asesinado? Sí, innegablemente. Pero eso no los convierte en derecha.

Quienes se encasillan en la derecha, de quienes debo decir que suelen ser un poco más ridículos, pasan el día trinando que los de la izquierda “quieren todo regalado”, y que por apoyar el proceso de paz firmado entre gobierno y FARC en 2016 -proceso mal hecho, pero positivo, aunque pésimamente aplicado- se convierten en cómplices del genocidio causado por las facciones subversivas, y utilizan una terminología similar para insultarlos; “castro-chavistas”, les dicen. ¿Quiere la izquierda todo regalado? No necesariamente. Sólo disfrutan mucho pidiendo más y más impuestos. ¿Son cómplices de las atrocidades de la guerra de guerrillas, tan clásica de América Latina? Definitivamente no, pero sí que hacen la vista gorda, idolatrando personajes que son todo lo contrario a lo que supuestamente representa su ideología.

Un rápido ejemplo sería el ilimitado apoyo del lado extremo del feminismo a la exguerrillera Victoria Sandino, sobre la cual recaen investigaciones por hechos terroríficos contra las mujeres de la Colombia profunda en el marco del conflicto armado. Sin embargo, como Vicky es de izquierda, no importa. Es decir, esta facción sí se circunscribe a la izquierda, y explicaré por qué a continuación.

En Colombia hay izquierda, pero no hay derecha.

La supuesta “derecha” colombiana es centralista, oligopólica y burócrata. El término malicioso “neoliberales” no aplica ni un poco a esta práctica. Hablo con énfasis de aquella secta (sí, secta) creada por la mafia de Álvaro Uribe Vélez.

Colombia es un país extremadamente diverso. Viajar de Bogotá a San Juan de Pasto, o de Medellín a Quibdó, es visitar mundos completamente diferentes en todos los sentidos; gastronomía, costumbres, acentos, geografía y todo lo que tenga que ver con bienes y servicios es diferente, aunque con algo en común; en todos lados funciona mal. Mientras no se hable de federalismo, independencia fiscal, independencia jurídica, reducción del Estado y, en consecuencia, reducción de impuestos, no existe ninguna derecha. Serían más bien de centro, según la teoría política reduccionista que hace tanto ruido y, además, en la balanza pesarían más hacia la izquierda moderada que hacia la centro-derecha. Porque sí, todo eso de andar interceptando a la oposición, callando periodistas y protegiendo a sus benefactores es una práctica que busca salvaguardar la imagen íntegra del Estado y sus funciones; fascismo, primo hermano del comunismo.

En cambio, en el lado izquierdo del mostrador, sí que lo llevan claro. Consignas marxistoides disfrazadas de caridad y “empatía”, aunque esto sólo lo comprendan los peldaños medios y altos de la jerarquía, ya que la “base social” (grotesco eufemismo de “capital humano”) no tiene idea de esto; ellos sólo tienen buena voluntad, y cuentan con el suficiente ego y altruismo para inmiscuirse en la “lucha por la vida digna”. Son ovejas desamparadas, que sostienen un rebaño cuyas cercas son rojas, pero están pintadas de verde.

Sólo queda por decir que esta pelea diaria no es más que un enfrentamiento moral entre dos facciones que, a simple vista, parecen ser opuestas, pero que en la práctica están del mismo lado. Sólo los lentes discursivos los distancian.

La esperanza se reduce a que, con su demencia, no ejerzan la presión suficiente para llevarnos al escarpado y terrorífico camino del totalitarismo.

Ustedes están locos, ¡DEMENTES!

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