Media mañana

La espera en la mañana tiene cierto encanto. Esperar, puntualmente, a alguien que tiene el poder de regalar libertad y calma a un espíritu prisionero como el mío.

Quedamos a las diez en punto. Tres minutos antes, apareciste. La luz tenue de una mañana fría ilumina discretamente tu cabello, y te observo mientras te acercas. Me ves, y entonces alzas tu brazo derecho, como diciendo ‘hola’ junto a una tierna sonrisa. Mientras tanto, te devuelvo la sonrisa, con un gesto que quizá se mostraba lleno de nervios y regocijo a la vez.

Debe ser un crimen que te veas tan espléndida.

Para el momento en que te acercaste a abrazarme, mi ritmo cardíaco había enloquecido ya. Y entonces, sin más, comienza a disiparse rápidamente todo tormento por el cual pudiera estar ardiendo en ese mismo instante.

Media mañana queda aún para complacerse con la misteriosa cadena de sucesos que hace que hoy estés aquí.

Música de fondo… tu labor únicamente comporta entretenerme, mientras disfruto del placer de cocinar un desayuno simple para ti. Y así, mientras me cuentas tus historias, yo me dedico a desordenar la cocina.  

Con ese descaro que te caracteriza, tomas un adorno de la sala y lo llevas al centro de la mesa exterior; “encontré el adorno perfecto”, me dices, sonriendo. Hay personas que son ese pequeño hogar en que se olvidan los problemas.

La simpleza del encuentro, con todo su encanto, deja ver una vez más que sólo somos un par de adolescentes, atrapados en el cuerpo de adultos. Hechos mierda por dentro.

Nos sentamos a comer, y entonces te ríes. Tu risa semi-aguda inunda cada rincón de mi casa; la llena de ti.

Entre confesiones turbias, preguntas capciosas y coqueteos sutiles transcurre media mañana. Ya es medio día.

Caminamos bajo el sol de sombras rectas, y te abrazo. Entonces nuevamente te vas. Enciendes tus cuatro ruedas, y aceleras colina abajo, no sin antes lanzarme un beso que, inocentemente, trato de atrapar.

Viniste hoy, pero entonces, ahora, te vas. Otra vez. Sólo queda al aire aquella agridulce incertidumbre de saber si volveré a verte, y en el cuerpo y la mente el éxtasis de haberte visto una vez más.

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