DEMENCIA IDEOLÓGICA

Nota: Este artículo fue publicado originalmente en la página web del canal This Is Silicon Valley, en octubre de 2019.

Hace un tiempo, mi madre me decía: “Mijo, vivimos en tiempos muy extraños”. Mi señora madre tenía toda la razón, pero ni ella ni yo éramos conscientes de todo lo que acarreaba esa aseveración.

Para empezar, las generaciones jóvenes, especialmente las de mitad de los años 90, hoy padecen un síndrome cuyo diagnóstico puede ser fácilmente calificado como una “demencia ideológica”, propiciada, curiosamente, por todas las comodidades de las que las personas entre los 20 y 30 años de edad gozan en la actualidad.

Hay que dejar de lado hechos obvios como la necesidad humana de pertenecer a una tribu, de sentirse parte de algo, y pasar directamente a los pesos literarios de los que termina haciendo parte el grueso de la población joven, sin saberlo y sin pararse a cuestionar todas las doctrinas a las que éstos, voluntariamente ignorantes, terminan militando. Hoy, las ideas del joven promedio, suelen culpabilizar deliberadamente al capitalismo de todos los males del planeta, con argumentos flojos y sentimentales, en los que utilizan palabras como “opresión”, “discriminación”, entre otros términos cuya naturaleza es, evidentemente, desconocida para todas estas personas.

La ignorancia es atrevida, y el desconocimiento lleva a que las masas con antorchas y tridentes muestren su “indignación” ante hechos como la tecnificación agrícola -por poner un ejemplo- que mejora las condiciones y los procesos por los cuales podemos suplir nuestra alimentación, a la vez que, en casos concretos, puede mejorar la relación de nuestra especie con el medio ambiente al mejorar notablemente los procesos por los cuales se producen los alimentos, reduciendo costos ambientales importantes con especial énfasis en el agua, y sin dejar de lado que, indiscutiblemente, ésta modernización “dignifica” la vida de quienes trabajan en la producción de bienes de consumo labrando la tierra. Pero esta idea es despreciada por las muchedumbres en su obsesiva campaña por “rescatar” a como dé lugar aquellos métodos tradicionales, tan destructivos como cualquier “depredación capitalista”, por el solo hecho de “defender” un modo de vida que la mayoría de ellos no conoce, y no ha vivido un solo segundo de su existencia.

Se puede continuar dando incontables ejemplos de este estilo, pero se dejaría de lado el tema principal de este breve texto, que es la demencia ideológica que padecen las juventudes en todo el globo. Esta demencia se ha gestado de diversas formas, y se ha transfigurado en todo ese movimiento que hoy es el pan de cada día.

El progresismo, que conceptualmente busca el desarrollo en el ámbito político-social, se ha ido transformando en las últimas décadas y es hoy la bandera bajo la que se gritan consignas pertenecientes a la Revolución Rusa. Es decir; caldo de cultivo para ver fracasar, nuevamente, a viejas ideas.

Los actuales movimientos de “izquierda” son el claro reflejo de los idearios post-marxistas, cuyos grandes referentes plantearon sus tesis en la primera mitad del siglo XX, siendo los más destacados e influyentes Antonio Gramsci, Simone de Beauvoir y más adelante Ernesto Laclau, Chantal Mouffe, y autoras como Beatriz Preciado y Shulamith Firestone.

Cada autor plantea con sutiles diferencias las estrategias del socialismo, siendo unos más radicales que otros, pero todos poseen puntos en común, que son fácilmente identificables, y entre ellos está una de las grandes causas de la demencia ideológica; la guerra cultural.

La guerra o subversión ideológica, revelada y explicada por Yuri Bezmenov (ex propagandista de la URSS, desertor) en la década de los 80, ha dado sus frutos en toda la civilización occidental, y hoy son visibles en las consignas que cobijan los diferentes grupos que, en muchos casos sin saberlo, han colaborado a la integración de las ideas del socialismo con sus quejas particulares. Ejemplo de ello son los diferentes movimientos sociales identificables, como la comunidad encasillada en la sigla LGBTIQ, que con base en sus peticiones para salir de la “opresión” y la “discriminación” de la que dicen haber sido víctimas hasta la actualidad (cosa que, en Occidente, puede decirse que es una falacia, ya que aquí poseen libertades y derechos civiles incluidos en el concepto de igualdad ante la ley. Esto sin mencionar que la pelea por el matrimonio igualitario posee variables bastante contradictorias, que tendrían que ser llevadas a otras instancias en temas como la adopción, que posee también sus particularidades), han logrado la modificación de leyes y de métodos de enseñanza.

No hay nada de malo en afianzar los derechos individuales como la identidad o la orientación sexual a través de la ley, pero sí que es un poco incómodo pensar en que un pedagogo pueda ser perseguido y penalizado por enseñar que, anatómicamente, nacemos siendo hombres o mujeres, o por no utilizar el nuevo lenguaje impuesto por los idearios enfocados en el género. Darle a la cultura un papel independiente de las condiciones naturales, y además así imponer conceptos anticientíficos, sólo puede ser ideología. La connotación imponente de estas ideas deja ver, aunque con eufemismos, que son igual de totalitarios y fascistas que aquello que quieren suprimir.

Tal es el caso de la imposición del “lenguaje inclusivo” en las escuelas de Andaluz, España, -por mencionar uno de tantos-a través del Plan Estratégico de Igualdad de Género, que pretende disminuir la violencia de género con la modificación de ciertos términos de uso común, como gentilicios o simples definiciones de grupos humanos específicos. Esto llega hasta tal punto que, si un docente se reúsa a seguir esta directriz, puede ser procesado judicialmente. En Argentina, por ejemplo, las leyes de inclusión e igualdad llegaron al punto en el que decirle a una mujer transgénero, es decir, ahora hombre, que por su condición biológica se encuentra en embarazo, puede ser calificado como violencia institucional, lo que es castigado por las leyes civiles.

En Inglaterra, a través del documento titulado Una guía a la comunicación efectiva: lenguaje inclusivo en el lugar de trabajo, se ha prohibido el uso de expresiones como “madre”, “padre”, y se considera irrespetuoso considerar que un párvulo recién nacido sea niño o niña, ya que esto implica “asumir el género de un tercero, quien aún no puede identificarse como tal”. Esto ignora toda condición biológica, lo que es simple, y complicará en sobremanera el trabajo médico incluso para las rutinarias labores de recolección de datos estadísticos que funcionan allí desde el siglo XVI y su tendencia siempre ha sido la simplificación para atender a temas variados, como las tasas de desempleo y asuntos que comportan a la salud pública.

Estas comunidades cuya bandera es ser “oprimidas”,  han integrado sus ideas para gestar un sinfín de medidas orwellianas que, junto a los colectivos feministas, lideran en muchas ciudades lo que denominan como “Escuelas de pensamiento”, donde enseñan abiertamente las ideas del marxismo apoyados en todos los autores mencionados anteriormente (y en muchos otros), sesgando y romantizando capítulos muy oscuros de los últimos siglos, nuevamente culpando de manera poco objetiva y muy emocional al capitalismo de todos los males habidos y por haber en este mundo. El tan repudiado capitalismo, del que no se entiende mucho especialmente en América Latina, donde suele creerse que una ciudad con dos sedes del McDonald’s hace a un país capitalista, fue la salvación para las mujeres que vivían en verdadera opresión, hace poco más de cien años, y abrió la posibilidad de que éstas tomaran las riendas de sus vidas a gusto individual. Antes de este sistema económico las mujeres estaban condenadas al terrible contrato matrimonial, o al juramento vitalicio con la iglesia. El feminismo contemporáneo ignora de manera voluntaria las raíces del feminismo de la mano de las ideas liberales en el siglo XVIII, y se ha impregnado de los soliloquios retóricos y surrealistas de los discursos de Judith Butler y Beauvoir.

De igual forma ocurrió con la población negra, antes esclava, esclavitud por la que ahora se sienten culpables las personas de otras razas, ignorando incluso el origen del término esclavo, y que la amplia satanización de la época colonial ha ocultado que eran vendidos por sus propios líderes de la misma raza con criterios propios de la Edad Media. Estos, gracias a la economía de mercado, empezaron a obtener titulaciones, derechos civiles, propiedades y, en general, libertad desde el siglo XIX.

La nueva ola del feminismo, los colectivos LGBTIQ, los colectivos proindígenas (no indígenas, porque en su mayoría no son liderados por indígenas, ni compuestos por ellos) y las demás vertientes del colectivismo político no son más que eslabones en la cadena del neomarxismo, donde a través de sentimentalismos de escasa fundamentación buscan “reivindicarse” en un ismo difuso.

Es menester mencionar que cada persona, en su individualidad, puede ejercer sus libertades ideológicas, sexuales y laborales. Abandonarse al colectivismo político explicado en este breve artículo, únicamente reafirma el discurso victimista al que están alimentando constantemente, y fomenta también la división entre el colectivo al que ya pertenecemos al nacer.

El colectivismo político de la actualidad debe ser visto como lo que es; una farsa para aprehender incautos en medio de la demencia ideológica.